Entre las cosas que me encantan -y de las que todavía no entiendo del todo mi fascinación- están los mapas. Mis favoritos son los de sistemas de transporte, pero también esos que nos invitan a imaginar mundos y explorarlos, como los de muchos juegos.
Un clásico: el mapa de Super Mario World. Ese pequeño mundo que, tras un castillo aparentemente imposible de cruzar, escondía algo desconocido pero hermoso (reparafraseando a Mario Hugo).
Aun así, hay otro mapa que guardo con el mismo cariño, aunque esta vez análogo: el de La galleta de oro de McKay (1991), un tablero de producción chilena que se quedó grabado en mi memoria.
La galleta de oro debe ser mi juego de mesa favorito de la infancia. Ninguno me marcó tanto. No tuve una niñez de calabozos y dragones, y La Gran Capital (la versión chilena del Monopoly) siempre terminaba por aburrirme.
¿Y por qué traer este juego a la mesa? Hace un tiempo encontré un sitio chileno llamado Frognum, donde comparten juegos, merchandising y objetos que marcaron la infancia chilena en los 90. Es, hasta donde sé (sí, me di vuelta Internet), el único lugar que guarda un registro fotográfico de La galleta de oro. Las imágenes son del dueño de una copia inmaculada -y probablemente única-, de la que no puedo evitar sentir una mezcla de envidia y gratitud.
No pierdo la fe en que algún día Nestlé Chile, actual dueño de McKay, reedite este hermoso juego y pueda volver a maravillarme de ese pequeño mundo de duendes y galletas.